Vida Consagrada de Diócesis de Temuco renovó sus votos

 

Portada Consagrada

El Templo Catedral congregó a las religiosas y religiosos  de distintas congregaciones que en el día de la Asunción de la Virgen, renovaron sus votos, en una ceremonia presidida por el Obispo diocesano Monseñor Héctor Vargas Bastidas, quien resaltó la vida y amparo que María, nuestra Madre, nos ha brindado, “Celebramos el gran amor de la Virgen María en dar el Sí al plan de salvación, en ella tenemos que descubrir una mujer tremenda de fe y fidelidad al Señor”. Resaltó, que el Señor se dignó en fijarse en su humildad y pobreza de su sierva, y que “el Señor al fijar su mirada y de escoger hombres y mujeres para poder llevar adelante y cooperar con Él en la salvación, tiene una mirada y predilección particular por los que son pobres y humildes… en este día, la Iglesia celebra a la Vida Consagrada, es el día en que la Iglesia quiere orar y rezar por todos aquellos que un día nos consagramos al Señor y lo que da su esencia  a la vida consagrada es que está compuesta por hombres y mujeres  que un día quisieron escoger para sí el estilo de vida que Jesús escogió vivir mientras estuvo aquí con nosotros , de ahí viene el tema de la pobreza, obediencia y castidad y la vida consagrada lo que quiere es perpetuar en la Iglesia y en el mundo ese estilo de vida”.1

Al concluir la Santa Eucaristía, compartieron un almuerzo junto al Obispo, en la Escuela Agrícola ubicada en el cerro Ñielol, donde las religiosas se presentaron y contaron sobre sus distintos carismas y labores que realizan.

 

Testimonio de una Religiosa

La vida consagrada es un don y una tarea recibida de lo alto.  No recibimos este llamado por méritos de nuestras obras, sino por pura iniciativa y gracia de Dios.  Cf 2 Tim 1, 9.

Vivir para el Señor es lo más maravilloso que puede existir, simplemente es una respuesta a la invitación que Jesús ha hecho, cuando  dice: “ven y verás” Jn 1, 39 …para estar con Él, para descubrir su amor, su misericordia infinita y, junto a esto, hacernos partícipes de sus milagros en la vida cotidiana y logrando vivir en un continuo agradecimiento al ver tanta bondad de su parte para con toda la humanidad.

La vida consagrada profesa públicamente y en el seno de la Iglesia  el voto de pobreza, obediencia y castidad, vividos como dones recibidos de Dios. Es sin lugar a dudas,  un misterio que sólo podemos entender aquellos que hemos intentado ser generosos por el Reino y siempre se nos hacen pocas las palabras para intentar explicar esta realidad que vivimos, muchas veces, desde el silencio.4

Esta vocación nos lanza al servicio de los demás, descubriendo el rostro de Dios en todas las personas y situaciones en que nos proyectamos como religiosas o religiosos, puesto que, reconocemos  al prójimo como un misterio escondido en el pensamiento de Dios, el mismo que se ha designado  llamarnos y regalarnos esa gracia en su querido Hijo Jesucristo.

Creo con firmeza que todos podemos decir soy feliz siendo célibe, pobre y obediente, cuando somos consciente que nuestra vida entera está entregada al Señor de los Señores y que podemos perdernos en sus brazos cuando comulgamos, abrazarlo en lo más intimo cuando estamos en la Santa Eucaristía, viendo fijamente su entrega total.

Es motivo de gozo proclamar que  Jesús se consagró y  dio su vida por mí, por cada uno de nosotros; que simplemente, vivir para Él es un acto de amor,  en ningún caso, un  “sacrificio” vacío, puesto que, cuando una persona está enamorada,  todo el tiempo se detiene en su vida al observar al que ama y ya no hay mayor anhelo que estar con quien envuelve la vida completa. En nuestra vida, ese amado es Jesucristo, el amor de los amores, que jamás se le pasa por la mente dejarnos de amar, pero que sí deja la libertad en el seguimiento y da espacio a la pregunta: “y en tu vida consagrada ¿me dejarás de  amar?”…para que esto no suceda hay que orar, ser perseverante en el encuentro y la intimidad con Él, escuchar su voz en el silencio de la oración y en el bullicio de las actividades; reconocerlo y fusionar a Marta y María: estar a los pies del Maestro y servirlo como él único Señor. ¿Dónde?… en donde Él lo estime conveniente, porque si hoy me necesita en un lugar es porque ahí, solo ahí, me  necesita y luego, cuando nos cambia de sitio es porque necesita en otro lado, pero garantiza su presencia donde quiera que vayamos. No es difícil encontrarlo cuando al mirar a las persona con ojos de fe, descubriremos el rostro de Cristo; a veces cuesta un poco más, pero cuando la voluntad de Dios motiva se puede contemplar y descubrir que Él vive en medio de nosotros.

La vida en comunidad es una de las centralidades de la vida consagrada. Hemos sido convocadas diferentes personas,  con realidades, carismas y caracteres distintos para  vivir juntos y extender el Reino de Dios.

Ahora bien, vivir juntos es una tarea, es una oportunidad que  hay que cultivar. Miremos a los mismos discípulos, no fue fácil para ellos compartir y entender las exigencias de su maestro y el desafío que significa el hermano. Hay que aprender a  confiar siempre, comprendiendo que para un cristiano todo es una ganancia cf Flp 1, 21; siempre habrá purificación, en dónde se logrará crecer y aprender amar en la comunidad.5

Dios en su infinita bondad nos ha llamado en Espíritu y en verdad cf Jn 4, 24. Cada vez que veo una joven que tiene inquietud, Dios me dice: “sigo creyendo en la vida religiosa” y puedo decir que yo también;  es el regalo más maravilloso que Dios me ha hecho, llamarme a su servicio, ciertamente hay muchas cosas que se dicen de la vida consagrada en general; pero los que estamos dentro y amamos al Señor, podemos decir Dios está vivo, está presente, que es el único Señor.

Ciertamente en nuestras rodillas jamás habrá un hijo nuestro, pero si están llenas de cayos- por orar por los hijos, padres, madres, abuelos, vecinos, amigos, sacerdotes, religiosas que habitan en el corazón- y que podremos lucir en el cielo, mostrarle al Señor nuestro corazón lleno de nombres, de personas que nos hicieron el bien y que es posible que nosotros también hayamos hecho el bien… eso solo lo sabremos cuando estemos en su presencia, ¡cuánto desearía poder estar ya con El! , pero no, aún quedan cosas por hacer, por amar, por llorar… de lo único que sí tengo certeza es que nadie, que no es movido por el Espíritu Santo, puede decir “Señor”.  Cf. 1 Cor 12, 3

Hna. Carmen Ñanco Riquelme, Hermanas Misioneras Catequistas de Boroa.

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