Orar en Cuaresma

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La Liturgia de la Palabra en los domingos de Cuaresma, ciclo «C»
En el año de la Misericordia
(José Luis Plaza Mondaca, Pbro.)

 

Primer domingo de Cuaresma: domingo 14 de febrero, 2016.

La primera misericordia que Dios nos hizo fue regalarnos el don de poder amar. En este día consagrado al amor en la humanidad ponemos nuestra mirada en la fuente del amor misericordioso: el Padre que nos regaló  su Hijo, en la fuerza del Amor divino del Espíritu Santo. El libro del Deuteronomio abre la puerta de nuestra Cuaresma anual. Lo hace recodando la subida de los israelitas al Santuario en la fiesta de la recolección y ofrecimiento de las «primicias». La ofrenda es ocasión propicia para caer en cuenta que todo nos viene de Dios que si miramos la vida y la historia, tanto personal como social, Dios no es un gran ausente sino que por el contrario, es el gran presente y activo que con amor misericordioso se la ha «jugado» por su pueblo. El «arameo errante» ha encontrado en el corazón de Dios su reposo, y por eso «entra en la cuaresma actualizada de nuestra vida» a fin de encontrar en el corazón de Dios su descanso. Es verdad que somos pecadores, pero la confesión de fe que se asienta en Dios –nos lo dirá san Pablo— jamás quedará defraudada.  El relato de las tentaciones en el desierto es anticipado por la genealogía de Jesús que se remonta hasta Adán y nos manifiesta que la redención obrada por Cristo asume desde las raíces a la humanidad toda. La misericordia de Dios se llama Jesucristo que nos muestra el camino por donde transcurren las mayores debilidades humanas y cómo vencer al Tentador de la mano de Dios. Nadie mejor que Dios para entender lo que sus hijos necesitan, y la Cuaresma es el «tiempo propicio» para que los hijos nos volquemos a Dios que en su divina misericordia «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad» (1 Tim 2,4). Walter Kasper, en La Misericordia, nos dice precisamente que, la gran novedad que Cristo nos plantea desde los evangelios, es que Dios es un Padre misericordioso de modo definitivo y para todos. (Cf. Kasper, Walter, «La Misericordia», Salterrae, 2012, p. 71). Jesús no aleja a los pecadores, al contrario los busca y pone a su alcance la misericordia del Reino. Lo llama ABBA y así nos lo revela.

«Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico en misericordia » (Ef. 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr. Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios». (Papa Francisco, MV 1)

Por tanto, este primer domingo de Cuaresma, lejos de acentuar la realidad pecadora que somos en la humanidad, nuestra mirada se detiene en la Misericordia de Dios que nos mira desde su amor.

 

Segundo domingo de Cuaresma: domingo 21 de febrero

Dios nos invita en Abraham a levantar la mirada. Signo elocuente de la necesidad de enjugar las lágrimas de nuestra triste condición y abrirnos al horizonte nuevo del creyente en Dios. Vivir en Alianza de Amor con Dios a través de sus instrumentos humanos configura una nueva humanidad, un nuevo modo de vivir, de hacer familia de Dios, de construir nuevas sociedades con lazos que no solo se sustenten en lo humano sino sobre todo en lo que nos viene de Dios. Dios selló una alianza con Abraham y en él con nosotros a través de la gracia bautismal. Si bien los tiempos que corren ponen a prueba nuestra fe, el afán no está en aniquilarla sino en robustecerla. Ese el camino de la cuaresma: «fortalecer la fe a través del camino de la obediencia». Obediencia es uno de los  consejos evangélicos menos trabajados en el mundo de hoy y se ha vuelto urgente retornarnos a ella. San Pablo nos lo recuerda en la carta los Filipenses, «imiten mi ejemplo y miren a los que me han tomado como norma de conducta» (Fil 3, 17). Esta es una forma de combatir a los que buscan desviarnos de nuestra fe y de nuestros propósitos. Qué fácil es sucumbir a la tentación de auto determinarnos… si vivimos añorando libertad ¿por qué «atarnos» a los criterios de otro? Cuando uno mira lo que le acontece sólo con criterios humanos es cómodo caer en descalificación del otro. El prisma de la mirada del creyente no puede descentrarse de Cristo crucificado. Esto es esencial a la fe, el camino de la cruz es el camino de la redención. En Cristo no hay otro modo de alcanzar la plenitud sino a través del camino que nuestro Redentor nos señaló. Es lo que nos marca el evangelio de hoy: la transfiguración es un «adelanto» del mañana para animar el corazón creyente, pero no es el «aquí y ahora» del camino del cristiano. «Hay que bajar a Jerusalén» y ahí está la cruz… el camino de la fe que escucha y obedece. Por eso la «visión» se desvanece y quedan Jesús y sus escogidos discípulos a solas… es el escándalo de la cruz que soportan los pequeños de este mundo lo que nos desencaja.

«Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. « Dios es amor » (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión». (MV 8)

En este segundo domingo de Cuaresma, podemos acentuar el camino de la fe obediente, como el camino de ser nosotros también, misericordiosos como el Padre. Pero, ¿Cómo hablamos de Dios como Padre misericordioso a los que sufren horrores sin tener culpa alguna? Miles de intentos de explicaciones han atravesado la historia de la humanidad. En definitiva, sólo tenemos en la Biblia, la Palabra revelada, como la única fuente autorizada para contarnos cuál ha sido la experiencia de Israel en este tema y podremos decir que: la fidelidad de Dios y su infinita misericordia, nos capacita para transitar el camino del dolor sin volvernos locos y el sendero de la resurrección es la vía de los creyentes, que saben vivencialmente que la muerte no tiene la última palabra en la historia. «La biblia conoce un gran número de quejas y lamentaciones. Los salmos de lamentación del Antiguo Testamento (…) brotan todos ellos de la gran aflicción que supone el sentirse uno abandonado por Dios y reflejan una gran conmoción existencial. Pero nunca terminan en desesperación, sino que al final rebosan de la certeza de que, cabalmente en la aflicción, Dios está siempre cerca del orante». (Op. Cit. p. 127).

 

Tercer domingo de Cuaresma: domingo 28 de febrero

El encuentro personal con Dios que llama es el marco de este domingo. La misericordia de Dios nos busca desde nuestra realidad y nos convoca a iniciar un camino de conversión. Nos saca de nuestros esquemas para iniciar un viaje que nos revelará al Señor de nuestra vida con sus altos y bajos. En el Antiguo Testamento, Moisés fue el instrumento por el cual Dios guio a su Pueblo. Y en el Nuevo testamento, es Jesucristo quien nos saca del letargo de una fe estancada en categorías de pecado y nos introduce en la nueva Canaán que se abre paso a pesar de nuestras limitaciones. Los signos de la presencia de Dios en nuestra historia son elocuentes pero nos hemos incapacitados para verlos. Las personas de hoy nos hemos vuelto inútiles para descubrir la presencia de Dios y nos parece más de moda pensar que o Dios se ha alejado definitivamente de nosotros, o es verdad que «Dios ha muerto»… Como lo meditamos el domingo pasado, la presencia del mal en el mundo, es un misterio tan antiguo como el mismo libro del Génesis que en su capítulo tercero nos cuenta cómo el mal se infiltró en el mundo paradisiaco que Dios creo para el hombre. Jesús acude a la antigua imagen de la higuera. Ella se ha convertido en el símbolo de la infidelidad de Israel, pero que su esterilidad no es la última palabra de Dios para ella. El agricultor suplica por un año de gracia, un año que lo circunscribimos bien en esta ocasión, para que sea un tiempo propicio donde también el mundo de hoy caiga en cuenta de que Dios está aquí, que no nos ha abandonado, que su misericordia es eterna y que llega a nosotros de generación en generación y que Dios siempre apuesta por recoger algún día los frutos esperados de cada uno de nosotros. «“Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia” (Santo Tomás). Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios». (MV 6). También nosotros somos actores de misericordia, y sobre todo como Iglesia, una vez más somos convocados por el Santo Padre a ser voz de los sin voz, de tantas personas que viven las más contradictorias periferias existenciales (Cfr. MV Nº 15), y poder ser una renovada voz de aquellos que ya se han agotado de clamar… no olvidemos el lema que nos convoca: «misericordiosos como el Padre». Es decir, no sólo somos receptores de misericordia sino también somos actores de ella en nuestro mundo personal y social. Jesús es una permanente oferta de conversión que no se cansa de convocarnos. Y esa es su más cálida misericordia. Toda la vida sacramental en la Iglesia, la vida de la misión, de la pastoral, son ocasiones a través de las cuales Dios nos sigue convocando y removiendo la tierra de nuestra higuera personal en espera de frutos. En ese encuentro con Él, o le amamos o le rechazamos radicalmente. Pero Dios no quiere nuestras tibiezas, y esto es precisamente lo que en este año debemos cambiar. Creo que el mundo creyente de hoy está enfermo de tibiezas, de caminos hechos a medias, de medios santos, y medios negligentes, jóvenes necios, que no tienen sus alcuzas del todo vacías, pero casi casi… y así seguimos durante toda la vida… ¿Cómo lograr que en nuestro corazón se grabe a fuego la memoria del amor de Dios? De modo que no olvidemos los beneficios recibidos de Dios.

Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. (MV 15)

Por tanto, en este tercer domingo de cuaresma, acentuamos la mirada paciente de Dios que nos guía con Jesucristo, el nuevo Moisés, en un nuevo éxodo cuaresmal, hacia la tierra prometida de un amor fiel de Dios que nos llama y sigue clamando por un corazón ardiente en la fe, que no sólo pueda contentarse con un cristianismo revivido en la propia vida, sino en verdaderos constructores de una nueva sociedad, donde los clamores por mayor justicia y equidad encuentren en nosotros los creyentes de hoy a verdaderos agentes multiplicadores.

 

Cuarto domingo de Cuaresma: domingo 6 de marzo

Comienzan los frutos de Canaán a alimentar al Pueblo de Dios. Ha terminado el camino, la meta ya está aquí. Lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo, nos repetirá San Pablo en la segunda carta a los Corintios. Pero este domingo nos presenta la gran parábola de la misericordia del Padre, la de aquel hijo que malgastó todo en una vida de pecado, pero que al final de su orgiástico pensamiento, queda aún un espacio a la gracia de la conversión y se propone regresar a la casa paterna. La imagen de ese Padre que sentado a la orilla del camino está pendiente del retorno del hijo, nos hace saltar el corazón y lo llena de anhelos de Dios, que sólo espera volver a abrazarnos y calzarnos con las sandalias del peregrino de nuevos mundos y poner en nuestro dedo el anillo de los hijos de Dios. Ya no queremos seguir sintiendo el conflicto con el hijo mayor sino que queremos hacer fiesta todos juntos: los que se consideran a sí mismo como fieles y aquellos otros que conscientes de quienes somos en el corazón, nos sabemos necesitados de misericordia. Amamos a un Padre que no puede dejar de ser Padre, y que no depende de nuestras buenas obras para ser nuestro Padre. Pero sí nosotros necesitamos de obras de misericordias para sabernos hijos de un Padre que lo es hasta la médula de su ser… aunque como hijos mancillemos nuestro ser hijos no lo perdemos, porque por sobre todo no perdemos a un Padre que no se desdice y quiere seguir siendo nuestro Padre. Por eso el Padre no «espera sentado», sino que sale a nuestro encuentro para besarnos y abrazarnos restituyéndonos en nuestra realidad de hijos, y devolviéndonos a la vida familiar a la que le habíamos dado la espalda. Pues la reconciliación no es sólo con el Padre sino también con su familia que es su Iglesia. Aunque en ella, haya «hermanos mayores» que no sepan hacer fiesta con el rescatado. Que no nos siga pasando aquello que el santo padre llamó ser como «aduanas de la fe (año 2014)». Jesús explica en la Palabra la conducta del Padre y su propia conducta, que sigue reclamando en nosotros un corazón que se arrepiente de su mal camino. No se trata de una simple filantropía, sino que desea con la sed del sediento, que también nosotros comprendamos el alcance y la exigencia de su misericordia. «Jesús quiere decirnos asimismo a cada uno de nosotros: en la parábola del hijo pródigo se te cuenta tu propia historia. Tú mismo eres ese hijo descarriado, también tú debes convertirte. Pero no tengas miedo, Dios mismo sale a tu encuentro y te abraza. Él no te humilla; al contrario, te restituye tu dignidad de hijo» (Kasper, La Misericordia, p. 75).

La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. (MV 12)

La renovada acción pastoral propuesta por el Santo Padre a la Iglesia, nos impulsa en este tercer domingo de cuaresma a contemplar al Padre misericordioso, y acentuar que éste es el camino de la Iglesia en nuestro Chile de hoy. Pues esta Iglesia herida por el pecado, no puede seguir mirando a «los otros» como los que deben convertirse, sino que «juntos caminamos a la conversión» y reconocer desde la humildad que el sendero de la conversión necesitamos recorrerlo juntos y todos. No somos los hermanos mayores que no sabemos hacer fiesta, sino que precisamente la fiesta está en que todos hemos perdido a un hermano y que necesitábamos recuperarlo, y que restituido por el amor misericordioso del Padre, es ocasión de gozosa esperanza para toda la familia de Dios. Con el profeta Oseas, nos recuerda el santo Padre, que Dios toma nuestros pecados y los lanza a lo profundo del mar (Cf. MV 17). Pero el pecado deja huellas en nuestra manera de pensar y de actuar, por eso requiere de la indulgencia que limpia las reliquias del pecado en nosotros. Por eso el año de la misericordia también nos deja el apetito de alcanzar indulgencia (Cf. MV 22).

 

Quinto domingo de Cuaresma: domingo 13 de marzo

Hemos completado el recorrido cuaresmal del presente año. La misericordia de Dios no se agota ni acaba aquí. Es eterna como su amor y su justicia pues en Dios misericordia y justicia son dos caras de la misma moneda: su corazón de Padre (Cf MV 20 y 21). Por eso este quinto domingo de cuaresma se inicia con el hermoso texto del profeta Isaías, que nos invita a mirar el nuevo horizonte que ha ido surgiendo y en el que Dios hace nuevas todas las cosas. Sigue resonando la pregunta del profeta: «¿es que no lo notáis?» (Is 43,19). Dios sigue sembrando novedad, donde antes solo hubo caducidad. San Pablo nos muestra que comparado con el Cristo que se nos ha regalado en esta cuaresma, todo es nada y vale miseria. Cristo es nuestra ganancia… y como a la mujer del evangelio de hoy quiere preguntarnos: «¿Dónde están tus acusadores?»… esta nueva forma de vivir la fe y la vida eclesial también parece necesitarse en el Chile de Hoy. No es un «dejar hacer». Es una actitud pastoral para dignificar a todos los caídos y ayudarnos a ponernos de pie, y realzarnos con la invitación final: «tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8, 11). Vivimos tiempos oscurecidos por nuestro pecado eclesial, y queremos salir de la noche, para adentrarnos en un tiempo nuevo. Hemos querido hacer justicia ante el delito, pero también hemos dejado una estela de dolor intraeclesial, en pastores desacreditados y enjuiciados por una opinión pública alimentada con medias verdades. No pocos han sufrido desorientación y han vacilado. ¿No es tiempo de comenzar a hacer nuevas todas las cosas? O mejor aún: ¿dejar que Dios haga nuevas todas las cosas? Como Jesús, que no alaba el comportamiento de la mujer, pero la dignifica en su diálogo lleno de amor misericordioso, mueve nuestro corazón a la empatía, que es la palabra moderna de la compasión. Sólo seremos creíbles como Iglesia, cuando amando profundamente nuestra verdad no la disfracemos, pero tampoco, podremos ser creíbles si no tenemos entre nosotros el testimonio del amor del Libro de los Hechos (Cf. He 2, 42ss). El Papa llama en  Misericordiae Vultus a superar el cuadro de corrupción que aflige el mundo de hoy, cuadro que si no es abiertamente combatido, busca nuevos cómplices en todos lados. Se ha de buscar una lucha clara, invocando los valores de la prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia… unida al coraje de la denuncia (MV 19). Y a reglón seguido nos dice:

«¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Ante el mal cometido, incluso crímenes graves, es el momento de escuchar el llanto de todas las personas inocentes depredadas de los bienes, la dignidad, los afectos, la vida misma. Permanecer en el camino del mal es sólo fuente de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto. Dios no se cansa de tender la mano. Está dispuesto a escuchar, y también yo lo estoy, al igual que mis hermanos obispos y sacerdotes. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia». 

En este quinto domingo, la Palabra de Dios nos muestra a Jesús el Justo rodeado de sus perseguidores y cada vez más sólo, anticipando en su corazón el misterio de la Pasión, pues decidió llevar adelante la misión que le ha dado el Padre. Él es el único que puede confortarlo en estas horas angustiosas en el Getsemaní de su vida y la nuestra. Paradojalmente es el tiempo de las mayores muestras del amor de Aquél que dio su vida por nosotros y carga sobre sí nuestros pecados a fin de poder expiarlos con su sangre  derramada. Escribas y fariseos a través de la mujer adúltera vienen a enjuiciar a Jesús, pero terminan retirándose avergonzados por la escena montada. No se retiran a convertir el corazón sino a maquinar la muerte del Justo. Nosotros queremos convertir el corazón y clamamos a Dios por el perdón. Eso nos introduce en la «novedad cristiana» y nos convierte en testigos de esperanzas en nuestro mundo opacado al amor. Es un camino que sin constancia, solo puede quedar en «buenos propósitos» pero que no cristalicen nunca en nuestra existencia. Confesemos nuestro pecado con el firme propósito de hacer relucir ese ideal de hombre y mujer nuevos que Dios ha plantado en nuestro corazón. Es Él quien hace nueva a toda creatura: ¿Es que no lo notáis?…