El domingo día del Señor se conmemoró el Corpus Christi

La solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que popularmente la seguimos llamando como su nombre latino, Corpus Christi, evoca una fecha vivida hace no muchas semanas: El jueves santo, la Cena del Señor, en la cual el centro es precisamente el pan y el vino de Jesús ofrece a sus discípulos pronunciando esas palabras que han permanecido también como centro de la eucaristía: Esto mi cuerpo, tomen y coman… Ésta es mi Sangre, tomen y beban. Pan que es Cuerpo, vino que es Sangre de Cristo: Sacramento de su entrega a la muerte en cruz por amor a Dios y a la Humanidad, que nos permite entrar en comunión profunda con su misterio pascual y alimentarnos como discípulos, cada vez que hacemos  eso en memoria suya.

Cristo en nuestra vida y esa vida él nos la regala sobre todo por medio de la eucaristía. El cuerpo de Cristo, ofrecido por Jesús en la última Cena (Evangelio) como adelanto sacramental de su muerte en la cruz, donde su cuerpo traspasado por los clavos y la lanza, nutre el cuerpo de Cristo glorioso, que es la Iglesia, y a cada cristiano que quiere vivir unido a él. La sangre de la nueva alianza, que renueva la antigua (1° y 2° lectura) fluye por las arterías de la Iglesia y de todo creyente que, unido al Señor, bebe y se alegra con ese vino.

La eucaristía, que prolonga la memoria del ministerio pascual por los siglos, no es un recuerdo, sino una renovación de la obra salvadora de Dios en Jesucristo. Por eso, venerar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que desde la celebración de la eucaristía y por medio de la misión de los discípulos de Cristo, ejercen un influjo salvífico en la vida de la humanidad, es permanecer unidos al Señor, como los sarmiento a la vida, y sobre todo es entrar decididamente en la misión  redentora del Señor, que quiere la vida plena para toda la humanidad.

 

Fuente: Comunicaciones Temuco, Comisión Nacional de la liturgia.

Fecha: 08/06/2015.