Den una oportunidad a la paz

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Patriarca de la Iglesia católica melquita en Siria, Gregorio III Laham.

Patriarca advierte contra una intervención militar en Siria

Una intervención militar de Occidente contra el régimen de Assad en Siria tendría consecuencias nefastas, en palabras del Patriarca de la Iglesia católica melquita en Siria, Gregorio III Laham. Según el Patriarca, no se puede hacer responsable con seguridad a nadie de los ataques con armas químicas de la pasada semana.

Desde el Líbano —donde se encuentra luego de realizar una misión pastoral a Damasco, la conflictiva capital de Siria—, Gregorio III Laham, Patriarca de la Iglesia greco-católica melquita de Antioquía, subraya que, a pesar de la situación de conflicto, las iniciativas de reconciliación siguen siendo viables, por lo que deberían seguir teniendo prioridad para todos los países relacionados con la crisis.

En una entrevista mantenida el martes 27 de agosto con la fundación católica Ayuda a la Iglesia que Sufre (AIS), el Patriarca expuso sus dudas sobre la credibilidad de algunas de las pruebas que se presentan, procedentes de los focos del conflicto en Siria.

Añadió: «¿Quién puede saber ahora quién estaba tras los ataques con armas químicas?» También criticó la política de Estados Unidos frente a Siria: «No se puede acusar un día al Gobierno y al día siguiente a la oposición; de ese modo solo se genera odio y violencia».

Al tiempo que condenaba los ataques con armas químicas, el Patriarca se mostró preocupado por el hecho de que están entrando combatientes extranjeros en Siria, un problema agravado por el flujo de armas que entran en el país, actos que el Patriarca califica de «inmorales».

«Están entrando muchas personas en Siria para luchar dentro del país, y esos combatientes promueven el fundamentalismo y el islamismo», dijo.

Según comentó el Patriarca Gregorio III Laham, Estados Unidos, Rusia y otras potencias mundiales deberían elaborar conjuntamente un plan de paz. «Ya es hora de acabar con el uso de las armas; en lugar de hacer un llamado a la violencia, las potencias mundiales deberían trabajar en pro de la paz».

El Patriarca Gregorio III Laham, que durante su visita a Siria ordenó a tres Obispos el domingo 25 de agosto, calificó la situación en su país de «trágica». Según dijo, 450.000 cristianos sirios —cerca de un tercio del total de los cristianos del país— o están desplazados dentro de Siria o bien han huido al extranjero.

También hizo referencia a los problemas en Damasco, que hasta ahora ha sido el lugar de refugio para los cristianos y otras personas que han huido de Homs y de otros centros del norte de la capital, donde la violencia ha sido especialmente grave.

En la tarde del 27 de agosto —según comentó el Patriarca—, poco después de abandonar el país, cayeron dos bombas en la ciudad vieja de Damasco, ambas muy cerca de la sede del Patriarcado de la Iglesia greco-católica melquita. Un explosivo cayó en el centro de los scouts, a unos 10 metros de la entrada al Patriarcado y mató a dos transeúntes adultos; no resultaron heridos niños.

El Patriarca añadió: «No sabemos si los autores del atentado habían apuntado a las iglesias. Es posible que fuéramos atacados porque cerca se encuentra una base del ejército. Los extremistas quieren alimentar el odio entre los cristianos y los diferentes grupos religiosos musulmanes».

El Patriarca destacó la labor de un centro de ayuda del Patriarcado greco-católico, creado a finales de 2011, y que proporciona alimentos, medicinas y otros tipos de ayuda a 2.800 familias desplazadas.

«Mientras que la carretera de Beirut a Damasco suele ser segura, cuando se entra en Damasco se hace peligrosa. En Damasco, uno puede ser blanco de una bomba en cualquier momento». De nuevo, hizo un llamado a la oración y dijo: «Estamos muy contentos de que nuestros fieles hayan respondido a esta situación con oración. Durante todo el tiempo de esta crisis, nuestras iglesias han estado llenas casi por completo. Las personas se dan cuenta de que, a pesar de las dificultades, Dios puede obrar milagros para ellos; muchos han salvado la vida. Hay una mezcla de esperanza y desesperación. No saben qué les puede deparar el futuro. Están muy preocupados por sus hijos y por las personas especialmente vulnerables, como las discapacitadas. La gente tiene miedo pero, a pesar de ello, está fuerte en su fe».