Monseñor Héctor Vargas “La solidaridad no es un acto puntual de generosidad sino un imperativo ético”

En el mes de la solidaridad, nos encontramos celebrando a San Alberto Hurtado, voz profética y apóstol de la justicia; padre amoroso para tantos y tantas que estaban entre los “agonizantes del camino”, a la manera de la solidaridad del Buen Samaritano del Evangelio camino de Jericó.

Solidaridad es una palabra con historia. Lo ha sido en Chile en que la Vicaría de la Solidaridad expresó la decisión de la Iglesia en favor de los derechos humanos entendidos no sólo como derechos civiles y políticos, sino en toda la gama de derechos y deberes que le son propios a la dignidad humana. Pero, sobre todo, la solidaridad tiene historia en el alma de nuestros pueblos que se conmueven y dan la mano en las tragedias que causa la naturaleza y, muchas veces también, en las que desencadena el poder abusivo del hombre.

La solidaridad es un Evangelio. Es el corazón del Evangelio. Los Pastores de A. Latina y el Caribe reunidos en Aparecida, afirmábamos que esto nos debería llevar a contemplar los rostros de quienes sufren. Nos duele una globalización sin solidaridad que afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión de una época, sino de algo nuevo y mucho más grave, como es la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en que se vive, pues ya no se está en la parte de debajo de ella, en la periferia y sin poder, sino que simplemente se está afuera. De este modo, los excluidos ya no son los explotados, sino los sobrantes y desechables.

Frente a esta cuestionante realidad que hiere nuestra consciencia cristiana, estamos llamados a profundizar el significado mismo de la auténtica solidaridad. Ella es la expresión humana de la responsabilidad social del individuo, y de la sociedad con el otro y entre todos. Por ello, la solidaridad se considera como una exigencia humana, ya que todo individuo es un ser social, forma parte de una sociedad, y la realización del individuo pasa necesariamente por la realización de cada uno. Vivir es convivir. Convivir no es un vivir al lado del otro sino una condición de la existencia humana. En este sentido, la solidaridad no es un acto puntual de generosidad sino un imperativo ético, una obligación moral, una expresión de amor por los semejantes.

San Alberto Hurtado s.j., escribió: “Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor, nuestro prójimo es Cristo que se presenta a nosotros bajo una u otra forma; preso en los encarcelados, herido en un hospital, mendigo en las calles, durmiendo con la forma de un pobre bajo los puentes de un río.  Por la fe debemos ver en los pobres a Cristo y si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto”.  Por consiguiente, “la verdadera devoción no consistirá solamente en buscar a Dios en el cielo o a Cristo en la Eucaristía, sino también en verlo y servirlo en la persona de cada uno de nuestros hermanos”.