Monseñor Héctor Vargas ” AMBAR, el don y el derecho a la vida”

AMBAR, EL DON Y EL DERECHO A LA VIDA

Con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, la persona puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón, el valor sagrado de la vida humana en todas sus etapas, desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política. Así, el Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio.

¿Cómo conciliar estas declaraciones con el creciente rechazoa la vida del más débil, del necesitado, del niño vulnerable, de la mujer, del anciano, del migrante, del explotado, del sometido al abuso y la violencia, del enfermo, del minusválido, y del recién concebido?. Atentados que golpean la vida humana en situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de toda capacidad de defensa.Esto representa una amenaza frontal a toda la cultura de los derechos del ser humano, con el riesgo de ser sociedades de excluidos, rechazados, maltratados y desechables.

Quien se deja contagiar por esta atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un terrible círculo vicioso: perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. Así el hombre no puede ya entenderse como un misterio único, respecto a las demás criaturas terrenas; se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a « una cosa », y ya no percibe el carácter trascendente de su « existir como hombre ». No considera ya la propia vida y las de los otros como un don espléndido de Dios, una realidad « sagrada » confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a su « veneración ». La vida llega a ser simplemente « una cosa », que el hombre reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable, descartable.

En realidad, viviendo « como si Dios no existiera », el hombre pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser, y el de los demás.Sin embargo, todos los condicionamientos y esfuerzos por imponer el silencio no logran sofocar la voz del Señor que resuena en la conciencia de cada hombre. De este íntimo santuario de la conciencia puede empezar un nuevo camino de amor, de acogida y de servicio a la vida humana. Querida Ambar, que Dios te regale todo el amor que nosotros no pudimos darte en esta tierra.